En esos años el bacará era un juego ilegal en Inglaterra, pero esto no le importaba a la clase aristocrática, para la cual el bacará era un entretenimiento habitual en las fiestas de la alta sociedad. El que fue en aquel entonces Príncipe de Gales y que tiempo después se convertiría en el rey Eduardo VII, sentía una particular pasión por los juegos de azar.
Un día 8 de Septiembre de 1890, en ocasión de celebrarse una fiesta de la clase alta en la mansión rural Tranby Croft, perteneciente a Sir Arthur William Gordon, se encontraba el príncipe de Gales disfrutando de su gustado juego de bacará. Durante la noche de esa jornada y la siguiente, muchos testigos pudieron presenciar como Sir Arthur hacía trampas en el juego agregando o quitando fichas de apuestas cuando ganaba o perdía.
Al tercer día algunos de los invitados le hicieron frente a Sir William y a este no le quedó más remedio que confesar su falta y se comprometió por escrito a que jamás volvería a jugar con la condición de que los invitados guardaran el secreto y no hicieran público este incidente.
A pesar de esto, el rumor filtró rápidamente entre la nobleza y llegó a oídos del príncipe, quién afligido y molesto por saberse estafado decidió tomar venganza. Para esto se valió de Lady Daisy Brooke, la más conocida chismosa entre la alta sociedad. Esta dama al enterarse del suceso soltó su murmuradora lengua y en poco tiempo Sir Arthur William fue excluido de los círculos sociales entre los cuales habitualmente se movía.
Sir William ante esta situación, presentó a la corte un pleito por difamación contra los testigos originales del incidente, y aunque el Príncipe no fue acusado, si fue llamado a testificar en el juicio. Después de que el caso fuera cerrado el incidente de la estafa pasó a ser de dominio público y fue conocido por el Escándalo Real del Bacará.
El juicio comenzó el 1ero de junio del año 1891, el príncipe no había sido citado a juicio desde hacía 20 años por un caso de adulterio, cita que en aquel entonces pudo evadir. Sin embargo para esta ocasión fue compelido a presentarse y como resultado admitió que jugaba ilegalmente al bacará. El único consuelo que obtuvo Sir William de este juicio fue el saber que quedaron al descubierto sus acusadores y que el príncipe fue obligado a admitir la comisión de un delito.
Este es uno de los tantos hechos que hacen tan interesante la historia del bacará.


